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La cosa va de psicópatas y militares

por JRRG
martes, 08 de abril del 2008 a las 22:02

Ayer, llegando de la calle, se me acercó mi madre y me dijo que estaba a punto de empezar en Canal Sur un documental sobre "El Descuartizador de Cádiz", historia que, aunque ya conocía, me picaba la curiosidad. Bueno, no voy a hablar de él, ni mucho menos, para eso está el Google, pero hubo un dato en concreto que  me llamó mucho la atención, y era que asesino y víctima habían fraguado una bonita amistad en el Colegio Cortadura, sí, allí donde muchos de mis amigos y yo pasamos nuestra infancia y adolescencia casi al completo (por lo menos hasta que me fui con unos quince años para el San Felipe).

Bien, pensando sobre el tema, llegué a la conclusión de que aquello no debía sorprenderme tanto, no después de haber convivido allí con elementos tan curiosos como, por ejemplo, y sin ir más lejos, Chifón y Pumuki. Pero hoy os traigo otros personajes nuevos.

Empecemos por... pongámosle de apodo Arqui. Un tipo larguirucho, encorvado, de pelito al cubo, boca doblada y ojos constatemente fuera de sus órbitas; siempre parecía ir chutado de tiza. Hablaba entrecortadamente, pisándose las palabras y soltando perdigones, movía las manos y la violencia estaba inscrita en todos sus movimientos, así como la furia al borde las lágrimas cada vez que algo le tocaba los huevos, cosa que pasaba a menudo. Daba miedo. Y lo peor es que se empeñaba en ser amigo nuestro, SSM puede corroborar la historia, ya que ambos nos asustábamos cuando nos proponía quedar para salir juntos un fin de semana.

Me lo presentó Chifón, ¿quién si no? Y pronto se nos pegó. No era mal chaval, pero a veces, repito, daba miedo. Me reía mucho cuando decía cosas del estilo: "Es que lo tiraría al suelo, le pisaría la cabeza y le patearía los huevos hasta que le explotasen". Bueno, me reía hasta que veía que él mantenía su miraba fija en la víctima de su frase con el ceño tan fruncido que apenas se le veían los ojos y la boca entreabierta con una rápida lengua en constante saliveo de labios me hacía buscar una excusa y cambiar rápidamente de tema. 

Junto con Arqui, casi como inseparables hermanos, Sayid (no es ése su nombre pero es el que más se le parece) el Moro. No era moro, aunque tenía los rasgos adecuados, y se creía que vivía en un videoclip de hip hop. Él no te hablaba, te rapeaba, movía las manos, los hombros y, sí te descuidabas, te hacía un bailecito break dance. También tenía cierta tendencia simiesca a subirse a las mesas, hacer el pino en ellas y cosas así. Lo peor es que tenía casi cuatro años más que yo.

Pero lo característico de él era su manera de mentir, sus trolas, sus cuentos chinos, cosas como trifulcas contra los antidisturbios en las que él, todo valeroso, peleaba contra policías a caballo y escapaba de los furgones gracias a su habilidad física, contratos con discográficas que nunca llegaban a cuajar, etc. La gente se reía de él, pero a mí, a pesar de esto, me caía bien, no sé si por pena o porque a veces era simpático, nos llevábamos. ¿Cómo? Pues porque caímos en la misma clase y era amigo de amigo, de uno normal, mal estudiante como yo, pero normal al fin y al cabo.

Ahora voy a contar la parte morbosa de la historia, los momentos clave de ambos:

Arqui. Tenía la manía de hacer la puñeta a lo grande, y había que andarse con ojo. Cosas como cogerte por la espalda de improviso, agarrarte el cuello y reírse como un loco. Meterte trozos de tiza entre las palomitas de mantequilla, cosa que no se notaba, pintarte la ropa, etc. A mí, gracias a Dios, no me hizo nada de eso, pero yo lo veía con temor.

Un día, llegando al punto álgido de su creatividad, rayó la capa de arriba de un cd, el papelito ese que lleva pegado, y lo puso todo en un folio. Ese papel, corta, hostia, y el tío lo sabía, así que me quedé de piedra cuando vi que, aguantando el folio con las dos manos, lleno éste con los trozos del cd, se iba para Sayid, lo llamaba para que se girara y le soplaba toda la mercancía en la cara para luego darle una colleja y meterle los restos por la espalda. Un máquina, el amigo Arqui. Desde ese día me andé con mucho más ojo y, aunque os parezca broma, siempre le miraba las manos cuando lo veía venir.

Todos los recreos los pasábamos al final de nuestro pasillo, formando un amplio círculo, SSM, Arqui, Sayid, Fran, Rokete a veces (no lo sé bien), y otros cuantos, jugando al 1x2 de manera altamente peligrosa con unas bolas de papel cubiertas de papel de aluminio y esparadrapo de tubería que traía Fran. Resultado: una bola del tamaño de mi puño, durísima, que volaba de mano en mano. Arriesgábamos las narices y nuestros expedientes, jugando rodeados de ventanas frágiles. Durante 25 minutos descargábamos energía así, pero daba miedo... Jajaja.

Sayid explotó una vez. Yo no lo vi, pero sé que, en una clase en hora libre, aburrido, supongo, por la monotonía del tiempo que pasaba sin poder saltar por las mesas, agarró una silla y, sin motivo aparente, se la tiró a la cabeza a un chaval cuyo nombre omito porque aún me lo encuentro de vez en cuando. Resultado: una de las patas de la silla le golpeó en plena oreja y el niño fue al suelo, imposible de poder dar dos pasos sin caerse, el equilibrio a tomar por culo.

También, en época de elecciones, y por esto recuerdo que sería Marzo 2004, Sayid pintó, antes de clase, en la mesa de la profesora de historia, cuyo apoyo al PP era conocido por sus alumnos, lo siguiente: "Muerte al PP. Viva PSOE. ¡Puta Facha!". La tipa llegó, lo vio, y se fue llorando, para volver con la Jefa de Estudios, que nos gritó a todos que éramos unos delincuentes. Nadie salió como culpable, así que muchos buenos compañeros no se lo pensaron y acusaron al morito. Éste lo negó todo durante unos minutos, indignado por la simple mención del hecho. Dos segundos después, se entregó a la justicia. 

Lo último que supe de ambos personajes fue que se metieron en el ejército, refugio de fracasos escolares y también de gente normal, quepa decirlo, pero un 55% por ciento de los estudiantes del Cortadura, y creo que no exagero, terminaban dirigendo sus pasos al ejército con la extraña idea de que allí harían algo productivo. Resultado final: Todos lo terminan dejando, por lo menos los que me he ido topando.

Dejé el Cortadura, como ya dije antes, con 15 años, al repetir, y me desvinculé por completo de estos dos señores. De Arqui no sé más que lo dicho, al ejército y, según me decía antes SSM, volvió en silla de ruedas con una pierna rota.

A Sayid me lo encontré dos o tres años después y sentí lástima. Estaba igual. Cerca de los veinticinco años, creo, y vistiendo aún esos pantalones anchísimos, sudaderas ridículamente grandes, hablando medio en rapeo y con ideas absurdas volándole por la cabecita. Estaba de permiso, y lo destinaban a la quinta puñeta, a un pueblo, a hacer prácticas. Nos despedimos, hizo un saludo militar entre risas y se alejó. No lo he vuelto a ver.

Uff, que articulillo más sieso.

¡Gracias por leer!

J.R.R.G.

Comunicado desde The Breakfast Clan

por JRRG
jueves, 03 de abril del 2008 a las 11:30

¡Oh, Dios Mío! ¡El Clan del Desayuno no está muerto! ¡Qué de tiempo desde aquel 24 de Septiembre con el Capítulo 5 de El Faro! Bueno, hoy os traigo dos noticias, iba a ser solo una, pero ya que entraba, aprovechaba y lo decía todo. Pero antes me veo en la obligación de explicar aquí QUÉ ES el Breakfast Clan. Pues bueno, un blog que creamos un amigo y yo (Kenneth/Anatomía a un Oruga) el año pasado con la intención de publicar las cosas que fuésemos escribiendo y animar a la gente a hacer lo mismo. La cosa fue lenta, pero el pasado verano conseguimos que algunos amigos nos enviaran sus escritos y nosotros mismos publicamos los 5 primeros capítulos de una historia conjunta que estamos llevando a cabo, El Faro. Para todo aquel interesado, dejo aquí enlazado el primer capítulo: http://breakfastclan.blogspot.com/2007/06/el-faro-captulo-1.html.

Ahora, volviendo a las dos noticias, empezaré por la más importante:

1ª El Faro vuelve en verano. NO falta mucho y podemos aseguraros que vuelve y a lo basto. Por lo pronto publicaremos el 6, 7, 8, 9 y 10 (con un poco de suerte), la mayoría de los cuales están ya escritos. La historia va a dar para mucho y tenemos pensada una gran trama para seguir.

La forma de publicar va a cambiar. A partir de ahora, y por petición de uno de nuestros escasísimos lectores, los capítulos no serán tochazos, osea, sí, pero no publicaremos el tochazo del tirón, si no que los partiremos en dos, a publicar, por ejemplo, al principio y final de la semana. Con esto pretendemos no abrumar y hacer la lectura más rápida y ligera.

Como hasta el verano no creo que nadie más quiera escribir para el Breakfast, por falta de tiempo, ganas o lo que sea, aquí un servidor (JRRG), que cuenta con la carrera más sosa y espaciada de todas, acaba de crear un nuevo espacio, un blog anexo a este llamado "Entre la Montaña y el Maizal", donde iré publicando cuentecitos por partes, pequeños capitulitos de poco más de un folio, todos situados o relacionados con un pueblecito del Condado Blanco.

Por ahora, lo único que podéis encontrar es el Capítulo 1. Los capítulos serán publicados de cuatro en cuatro días, siendo el próximo Lunes 7 el día que aparezca el Capítulo 2.

Espero que me visitéis y comentéis, aunque sea para saber que os habéis pasado por ahí; no os estoy pidiendo una crítica literaria perfecta, pero un "está way" o "aburre" o "vete a cagar", se agradecerían muchísimo.

Sin más que decir, por ahora.

¡Gracias por leer!

The Breakfast Clan/JRRG

Así le ocrurriera a Alfonso de Borbón...

por JRRG
domingo, 30 de marzo del 2008 a las 12:01

Hola, quienquiera que seas. Hoy, después de bastante tiempo, vengo para contaros una nueva anécdota, una cosilla que, aunque no es para mucho, a mí se me grabó bien profundo en la mente. Os hablo del... 2001, 2002, 2003, no lo recuerdo bien, la verdad, pero casi seguro que 2003 (por descarte, vamos).

Todos los veranos, a partir de cierto año, mi madre, hermana, tía, prima y yo cogíamos el coche y nos íbamos de camping durante una semana o así por nuestra cuenta, al principio nos bastábamos con una sola tienda, pero luego, a medida que fuimos creciendo, se sumó una más, dividiéndonos de la siguiente forma, los niños en una, las madres en otra.

En cuanto a los campings escogidos, había unos cuantos, pero siempre dependía de donde hubiese hueco, pues es ese es un detalle a tener en cuenta antes de salir a carretera, ya que podías llamar, preguntar, te decían que había plazas libres y, como no se podían reservar, llegabas y ¡cataplín! Completo, señoras, lo siento. Y a buscar otro camping. Nos pasó mucho eso de ir de un lado a otro y descubrir así algunos campamentos más. Empezamos yendo al Camping Tula, no recuerdo dónde, hasta que un año éste se petó y tuvimos que cambiar nuestro destino por El Faro, en Conil, un poco más limpio, más grande, más caro y bien situado, cerca de la Cala del Aceite y casi pegado al camping del mismo nombre al que nunca fuimos, ¿razones? A saber, aunque puede que la piscina nudista tuviese algo que ver.

El Faro. Cogimos una parcela en el área norte, según entrabas, en la línea de la piscina, podría decirse, casi al final, junto a la caravana de una familia un tanto extraña. Montamos nuestro tinglado en un rato conteniendo las ganas de ir corriendo al agua y zambullirnos una y otra vez hasta quedarnos más arrugados que la vieja de la bañera del Resplandor. Como ya he dicho, según entrabas, a la derecha estaba la piscina y en frente, un pequeño parque de arena, justo al lado del bar, si no recuerdo mal, en donde había unos columpios y poco más; tras esto ya empezaban las hileras de césped, interrumpidas por una línea de arena, bueno, tierra, para el paso de coches y peatonal en sí.

Vale, ¿para qué tanto detalle? Pues para que más o menos, si lo habéis leído, entendáis mejor la disposición de los lugares del camping y el final en sí de la historia. Vale. Ahora comenzamos. Había un chaval, sería de mi edad, quizá un año mayor, que iba siempre en bicicleta y a toda hostia. El hecho de que me fijara bien en él desde un primer momento fue por las quince veces que pasó a 200 km/h junto a nosotros mientras montábamos las tiendas y se nos quedaba mirando. Era una especie de Draco Malfoy pero no tan pálido, un Daniel el Travieso pero con mala leche; siempre sin camiseta, en bañador, descalzo, sonriendo como si fuese Dios, y meneando su melena rubia al viento. Las niñas lo miraban mucho y él se llenaba como la patata del Grand Prix mientras hacía el caballito con su bici, se tiraba de manera estrepitosa al agua, y demostraba todas sus maravillosas habilidades de super héroe delante de todos. No llegué nunca a saber su nombre, ni lo quise saber, pero le cogí tirria desde el primer momento.

Una noche, mi hermana, mi prima y yo nos dirigimos al "parque", pues las niñas querían ir y no podían hacerlo solas, así que me tocó a mí, primo capullo, el vigilarlas. Así, mientras ellas se divertían con otras niñas y niños de su edad que había encontrado por ahí, yo pesacaba subido a una especie de cúpula de barras para escalar, típica de los parques que son de mil colores y bajitas hasta que los oí. Solo se escuchaban los chirridos de los pedales, el crujir de las ruedas, los derrapes y las risas bastotas del grupo, pero pronto supe que se trataba de Draco (pongámosle ese nombre) y sus amiguitos, entre los cuales se encontraba un capullo, también un año mayor que yo, de mi Colegio (por aquel tiempo Cortadura), que al verme se me acercó e intentó entablar una conversación de lo más absurda: "Tú eres de Cortadura", él; "", yo; "¿Que estás aquí?", él; "", yo. Aquello hubiese sido "normal" si no hubiesen estado los otros siete amigos pegados, todos mirando, y Draco sonriendo como si quisiera comerme de un momento a otro.

"¿Cómo te llamas?", me preguntó entonces Draco. "Jose", le dije. "Jose", repitió con acento finoli y acentuando la s; miró a los amigos y empezaron a partirse el culo, que bien. Sin más dieron la vuelta y se largaron, Draco el primero con un caballito esplendido que lo hizo brillar en la noche. Menudo capullo, pensé, pero, instante siguiente, se me acercó un comité anti-Draco que empezó a criticarlo. Me hizo gracia y estuve con ellos el resto de la noche, charlando y jugando al escondite, creo (ya ves, como para encontrar a alguien en todo aquello).

Bueno, esto se está haciendo demasiado largo y la verdad es que no tiene mucho más, no hubo más relación entre los dos, cada vez que nos cruzábamos, aunque él fuera a toda velocidad, lo escuchaba decir: "Joossssssssee" entre risitas. Bien, yo pasé de él todo lo que pude, pero por dentro me cagaba en sus muertos.

En fin, resumo así nuestra estancia pero la verdad es que fue magnífica, como todas, pero aquí me interesa otra cosa y creo que ya me he alargado demasiado. La cosa es que recogimos bártulos una mañana, temprano, y me parece que fue acompañando a mi madre, o a mi tía, a recepción a pagar, lo vimos. Lo primero que noté fue que su flamante bici estaba toda revoleada por el suelo, en una punta de la calle, y que mucha gente se apiñaba en el otro lado, donde se escuchaba llorar a una niña. Quien fuera conmigo y yo nos acercamos disimuladamente y allí estaba Draco, tirado en el suelo, sin camiseta, en bañador, descalzo y muerto.

Jajajaja, no, es broma, lloraba como una nena con todo el cuello enrojecido y puede que hubiera sangre, no lo se, lo que sí estaba seguro es que la marca descarnada horizontal que le cruzaba la nuez de Adán se le iba a quedar durante mucho tiempo. Mi madre o tía preguntó y le dijeron que, corriendo como el viento, elevado a un nivel casi divino de majestuosidad sobre su bici, se había comido un cordel para tender de su propia parcela, cerca del parque y del bar, así como de la piscina, por lo que lo vio todo el camping

Yo no sé cómo quedó su ego tras esto, si siguió surcando el lugar como una bala o se limitó a comportarse como una persona más y no como el rey del Camping, no lo sé, nos fuimos poco después, lo que sí sé es que, aunque suene feo decirlo, me alegré muchísimo de lo que le pasó al ver que no era nada grave, pues, de vez en cuando, a todos nos viene bien un guantazo de realidad para hacernos poner los pies en el suelo.

¡Gracias por leer!

J.R.R.G.

Chifón, el Desenlace (2ªParte)

por JRRG
miércoles, 05 de marzo del 2008 a las 15:15
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A continuación la segunda y última parte de Chifón, una amistad que murió hace tiempo. 

Como todo buen padre debe hacer, el de Chifón no fue menos y le mostró los Beatles. Quedaban así asentadas las bases de lo que un buen gusto musical comprende. A Chifón le encantó este cuarteto sonriente y antiguo, disuelto ya, y con una discografía de escándalo, completísima y en sus manos, toda para él. Escuchando y escuchando se fue dando cuenta de que esa música era su vida y comenzó a querer más de los de Liverpool; compró libros, buscó camisetas (sin éxito), se comenzó a dejar el pelo largo al igual que sus ídolos hicieran en sus comienzos en los 60, y se emparanoió hasta tal punto que el padre le cogió odio al grupo y pensó seriamente en llevar a su hijo a un psicólogo. Esto que hago no es más que transmitir lo que en su día me contara Chifón, no como confidencia, sino como algo anecdótico.

Empapeló su habitación con fotos y fue por él por quién empecé yo a aficionarme disimuladamente a los Beatles (sí, mi padre había fracasado en el intento anteriormente), a odiar a Yoko Ono y entender poco a poco el movimiento hippie. Todo estaba muy bien, Chifón hablaba de la paz y de Lennon como un Dios. También por esta etapa de su vida encontró en Jim Morrison a un líder más al que alabar y a cuyo grupo (The Doors) adorar. Vivió la psicodelia y los sesenta de manera intensa, relajando sus pamplinas de hijo único mimado y cuidando que sus pelos crecieran sin llegar a los hombros. De esta época son las magníficas y célebres frases: "Jim Morrison fue el Jesús Cristo de la musica" y mi favorita: "Cuando John Lennon murió, la gente hacía cola en las azoteas de los rascacielos para suicidarse". Se ve que lo confundió con el Crack del 29.

Llegó el verano y Chifón se fue a su tierra natal, Cordoba. Pasaron dos o tres semanas y volvió otra persona. Para empezar, la melenita lisa y cuidada había desaparecido, ahora el mismo pelo de siempre relucía casposo en su cabecita, más corto incluso de lo habitual. Chaqueta vaquera y pantalones de pitillo bien pegados a los muslacos  que dejaban apreciar el diámetro de su culo. Su forma de hablar era más agresiva y venía fumando Camel. Escupía como una llama a cada calada que le daba al pitillo y tosía, esforzándose por acostumbrarse al cigarro. Ya no hablaba de Lennon, ni de Morrison, no odiaba a Yoko Ono, realmente pasaba tres carajos, ahora solo se interesaba por la política en España y por el código SkinHead, el cual formaba su religión.

Su primo, un capullo de pueblo, le había inculcado todas estas cosas y había soplado por la oreja a Chifón, inflándole la cabeza con tonterías como el White Power, los nacionalismos, la fuerza por la fuerza, el honor del SkinHead, etc. Ahora era más antipático, facilmente irritable, chulo, serio, apestaba más y no escuchaba los Beatles, solo grupos SkinHead que enaltecían la bulla, el desorden, la pelea y la violencia en favor de sus ideas. Había pasado de un extremo, la libertad y la lucha contra el sistema, al contrario, la vuelta a las viejas costumbres, la recuperación del poder conservadurista, etc. Muchas veces hablaba y hablaba y yo me dedicaba a pescar, pensar en otras cosas y poner caras al Peluca, que por otro lado cada vez se iba alejando más de Chifón.

Tras un buen tiempo con esta mentalidad, llegamos el instituto, donde se juntó con algunos personajes que no querían ver más allá del humo de su porro y que pasaban las horas de clase en la playa o pegados al muro tomando el sol. Triste era ver como Chifón se acercaba más y más a estos tipos y su idiología comenzaba a hundirse bajo el peso de nuevas amistades y nuevos puntos de vista. Para resumir, en menos de un mes, Chifón era heavy. Heavy de los de antaño, de Iron Maiden y Helloween, y la música Skinhead, que tenía en cassettes, fue a parar a lo más hondo de un cajón.

Esta nueva época fue muy confusa, casi como ver a un cuadro de Picasso de su época cubista, tres personalidades diferentes en una misma persona que se iban alternando y que iban dejándose ver a saltos, según les diera la luz. El pelo volvió a crecer, ahora descontroládamente y para sufrimiento de su madre, la afición al tabaco se hizo mayor y se emparejó con la del cannabis, la música oscilaba entre Cradle Of Filth, Iron Maiden, Marilyn Manson, Slipknot y de fondo aún podía oírse a McCartney gritando "She loves you, yeah, yeah, yeah...". Se volvió agresivo y hablaba de navajas, puños americanos, a ratos de cuánto deseaba beber cerveza (a pesar de que no la había probado más que en su pueblo), de cómo de guarras eran las góticas, etc.

Vestía de negro riguroso siempre, y había que tener cuidado con la conversación, pues como digo, era bastante irritable. Una tarde, estando él, SSM y yo dando una vuelta, mencionamos a Linkin Park, grupo que oíamos SSM y yo por aquella época, y Chifón saltó diciendo: "A los de Linkin Park habría que empalarlos y prenderles fuego". Y ahí es nada. Recuerdo una vez, una de las últimas veces, que sus padres me invitaron a comer con ellos y Chifón al Arte Serrano, y allí fuimos. Todo fue perfecto hasta que, andando por el Paseo Marítimo viendo los puestos de los negros de bolsos falsos, pulseras de mentira y CDs piratas, un negro pasó muy cerca de Chifón y éste escupió al suelo y dijo: "White Power". Los padres no lo oyeron, pero yo sí, y me empecé a asustar de verdad.

¿Quién era ahora este Chifón? Había ido perdiendo a los amigos de tres en tres, y eso que nunca fue persona altamente sociable. El Peluca ya se había terminado de alejar de nosotros, sus "amigos" heavys del instituto eran demasiado mayores para él (repetidores empedernidos) y pasaban del niñato de turno que siempre los rondaba en los recreos, las discusiones en su casa, debido a su nueva actitud, eran casi constantes, y el único capullo que quedaba para soportar sus locuras era yo. Yo, yo, yo. Persona a la que llamaba día y noche y a la que intentaba arrastrar a los sitios más ridículos. Persona a la que intentaba persuadir para que le complementara en idiología y le siguiese el rollo. Pero, uff, no pudo.

SSM no lo soportaba, así como el resto de mis amigos lo preferían lejos, y eso me dificultaba a mí las relaciones. Yo lo entendía, era difícil pasarlo bien en su presencia y se había convertido más en una carga que otra cosa para unos chavales de quince años, que es lo que éramos. Y así, en estas circunstancias, llegó el final de nuestra amistad, o lo que fuera aquello.

Pleno verano en Cádiz, un calor de la hostia, me llama Chifón por la mañana para invitarme a su casa a ver la segunda de Harry Potter, que él no había visto, y le digo que no puedo, mentira (y eso era otra, no se le podía decir que no, insistía una y otra y otra y otra y otra vez). Me quedo en mi casa jugando a la play al fresquito del ventilador. Me llama al mediodía, no recuerdo si antes o después de la llamada de SSM, y me dice que vaya con él al Corte Inglés a ver unos guantes de cuero con boquetes para sacar los dedos o algo así. Por otro lado, SSM me había dicho que fuéramos a la playa con el Pere, sí, ése en cuya casa nos apalancamos hace dos artículos. Sopesé las ofertas y creo que mi cansancia Chifonesca puso parte de su peso en la mentira. Llamé a Chifón y le dije que no podía ir con él a ningún lado porque mi prima llegaba de París esa tarde e íbamos toda mi familia a recogerla al aeropuerto. Coló.

La tarde discurría sin dificultades, en mi casa, a la sombra en el salón, con un mando en mis manos y la compañía de SSM prevía a ir a la playa, cuando un mensaje llegó a mi antiguo (y ex-irrompible) Nokia 3310. Era de Chifón. Se había encontrado con mi hermana por la calle y ésta no le había ocultado nada sobre mí cuando Chifón le preguntó, diciéndole que de aeropuerto nada, que estaba en mi casa jugando a la play con SSM. En el mensaje decía que era un cabrón, hijoputa, o algo así, sé que era fuerte, me llamaba de mentiroso para arriba y con razón. Sé que no fue la manera más correcta de acabar, pero ni me molesté en llamarlo para disculparme. Fui, y vuelvo a lo que ya dije en la entrada anterior, un cabrón. Pero ahora entendéis las razones.

Al año siguiente tocó en mi clase y fue incómodo tenerlo durante todo el curso a mi lado sin dirigirnos nunca la palabra, siempre temiendo el ser emparejados para algún trabajo. Nuestro último contacto fue en una clase de Sociedad Cultura Religión (no religión), en la que el profesor, como práctica de relajación, nos hizo ponernos por parejas y darnos mutuos masajes por todo el cuerpo por atrás, de cabeza a pies sin dejar nada. Íbamos rotando, y acabe masajeando la espalda y el culo de Chifón. No fue agradable...

Lo vi de manera intermitente, siempre cruzándonos en la calle, los dos años siguientes, descubriéndolo cada vez con el pelo más largo y cara de más mala leche y SSM, que lo siguió viendo en el instituto (yo me cambié), me decía que no tenía apenas amigos. Y, aunque no lo creais, me entristecía. Poco después descubrí que se había echado una novia por internet, de Barcelona, y que se iba a vivir y estudiar con ella allí.

Me lo crucé por última vez este verano, a él con la novia, la madre y el padre, y no pude más que mirar para otro lado y acelerar el paso.

Gracias por leer.

J.R.R.G.

Chifón, el fachaskinheavybeatlemaníaco (1)

por JRRG
martes, 26 de febrero del 2008 a las 10:06
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Con el fin de preservar la identidad de la persona de la cual me dispongo a hablar, crearé un nombre en clave para referirme a ella, y después de mucho pensarlo, creo que el mejor nombre posible es Chifón. No significa nada y no se parece al nombre real de la persona, así que puedo sentirme seguro de que no me van denunciar, o por lo menos a patear el culo.

Chifón marcó una etapa importante de mi vida, desde los doce, trece, a los quince años, si llegó, y todo acabó de la manera más horrible... Con este artículo solo pretendo mostrar lo cabrón que fui en varios momentos en que no pude soportarlo más.

Todo comienza en una clase de Judo, un muchacho obesito de acento raro al que decían holandés (en lugar de Cordobés) y que se reía de manera estruendosa, enseñando los dientes y encogiendo toda la cara, que me saca conversación. Yo lo conocía de vista, del autobús del colegio y poco más, se me presentó y quiso ser mi amigo. Digo que fui un cabrón por aquella época y aún recuerdo la tarde en que, estando en Judo, me acerqué a Chifón y le dije, todo convencido de mi ingenio y gracia: "Ese de ahí dice que te pareces al Gordo Cabrón de Austin Powers". Ese de ahí era un chavalillo dos años menor que nosotros que al final de clase se llevó una guantá en to la cara por mi culpa y que se fue llorando diciendo que él no había dicho nada. Cuando esto ocurrió, el rostro de Chifón, rojo tomate enfurecido, se volvió hacía mi y dijo algo así como: "La mala zorra, por la espalda". Y sí, se refería a mí. Se alejó todo enfurecido y no volví a hablar con él hasta un tiempo después.

No sé cómo coño una cosa llevó a la otra que comenzamos a frecuentarnos, él, yo, y otro elemento digno de artículo del que ya hablaré en su momento, un vecino suyo, el Peluca. La cosa es que allí íbamos los tres, juntitos siempre, jugando a la play en casa de uno, jugando a la play en casa de otro, o jugando a la play en casa del tercero... bueno, en verano paseábamos por el Paseo Martítimo y en las noches nos dábamos una vueltecita que terminaba en McDonald's.

Todo esto está muy bien pero ahora viene lo bueno. La personalidad profunda de Chifón vendrá con la segunda parte de esto, ahora solo expondré alguno de sus grandes éxitos. Era fan del porno, el más fan que te puedas imaginar, le pedía las cintas a su vecino adulto, que se las pasaba de contrabando en carátulas de películas de Bruce Lee y cosas así. Se hacía pajas, vale, pero eso no era lo mejor. Muchas veces quedábamos con él a las siete e su casa y allí íbamos el Peluca y yo (sí, pasaba mucho tiempo en mi casa...) y llamábamos al piso, tardaba un poco y lo cogía, todo jadeante: "¿Sí?". "Nosotros", decíamos. "Me dejáis cinco minutos, tíos, que me la estoy cascando". ¡Toma ya! Por el puto telefonillo.

Su madre, una mujer de fuerte acento cordobés y muy agradable amiga de mi madre, nos invitó una tarde a merendar y abrió un paquete de Filipinos de nueve dándonos tres a cada uno. Nos tomamos el Cola-Cao y bajamos a la calle a comernos los Filipinos. Al llegar abajo, Chifón no tenía Filipinos y nos estaba exigiendo los nuestros pues, según él, les eran legítimos. Yo le di uno, el Peluca se lo arrojó, como si fuera un mono y se marchó enfadado.

Me encantaba su manera de servir la leche: colocaba dos (o tres) vasos en la encimera, juntitos, sacaba la leche del frigorífico y llenaba un vaso a la mitad, luego sin parar pasaba al siguiente e iba volviendo de uno a otro, como si fuera el barman más excelente del mundo poniendo chupitos en vasos de medio litro. Resultado, los pies mojados y la madre chillando.

También tenía una bonita filosofía, que supongo habrá cambiado, y ésta era que él no solo no sabía hacer la cama (manda cojones) sino que no le hacía falta, ¿por qué? Pues porque en su casa se la hacía su madre y que luego se la haría su esposa... Yo le pregunté que haría en la transición, y me dijo que no se iría de su casa hasta que no encontrara mujer. A la vista está que no ha hecho eso pues, por lo poco que se de él, ahora vive en Barcelona con su novia, lo que no tengo muy claro es quién hace la cama.

Sé que no es una entrada muy buena, pero es una presentación, la parte fuerte, la parte que me marcó profundamente mi adolescencia, viene luego, cuando comenzó a cambiar de ideología como de calzoncillos. 

Espero leáis la continuación.Laughing

¡Gracias por leer!

J.R.R.G.

El forense dijo que me faltó poco

por JRRG
miércoles, 13 de febrero del 2008 a las 10:22

Aquí va una anécdota de hará tres años (more or less) sobre la mañana en que casi morí

Hacía un día bonito, de los de "Me cago en la puta, ¡qué día más bonito!", y SSM y yo habíamos decidido la noche anterior irnos a dar un paseo con las bicis, pero no un paseo cualquiera, no, no, un paseo en condiciones, de los que cansan. Habíamos decidido ir en bici a San Fernando y hacer una visita al Pere.

Por aquel entonces sabíamos que había un carril-bici que hasta allí nos podría llevar por un camino de tierra, amplio y seguro, pero no teníamos ni idea de dónde estaba, así que, tras inflar bien las ruedas, cargar las botellitas de agua y colocar el destrozaculos, salimos de casa de SSM pedaleando. Creo que era verano, y el calor nos martirizaba los cogotes a traición, sudábamos más que una monja en la playa, y no encontrábamos el puñetero carril-bici. Por lo que, haciendo acopio de insensatez pubértica, nos decidimos a meternos en carretera (¡con dos pedazos de cojones!) viendo pasar a nuestra derecha, la playa de cortadura. 

Los coches iban a toda puta hostia e íbamos más que asustados por el arcen, temiendo amputarnos las piernas con el quitamiedo si nos acercábamos mucho y sabiéndonos en peligro si nos separábamos más y el espejo retrovisor de un coche nos hacía un bonito tatuaje en la espalda. Yo iba delante, SSM detrás, a poca distancia. No hablábamos, conscientes de que la habíamos jodido eligiendo aquel camino y que tendríamos que ir con pies de plomo hasta San Fernando. Por mi cabeza pasaba de todo con tal de explusar el miedo, e intenté, con cuidado, mirar el paisaje. 

La autopista era horrible vista desde fuera de un coche a ochenta kilómetros por hora, solo se veía el brillo del sol pasar de techo en techo deslumbrándonos y el sonido fugaz de las ruedas crujiendo a nuestro lado. Yo miré a mi izquierda, sobre los coches, y vi, a lo lejos, el sitio este raro, al que realmente se llega desde el carril-bici (imaginaos si estábamos lejos) donde hay dos edificios que son medias circunferencias blancas. No sé para qué era, ni me interesaba una mierda, pero solté la mano izquierda del manillar, me giré un poco y dije algo así como: "SSM, ¿has visto las tetas esas?" (aunque esto tiene que verificarlo SSM, no recuerdo bien).

Justo en ese momento, la rueda delantera de mi bici se movió como el cuello de una negra vacilona y todo empezó a tambalearse. Íbamos rápido, y me costaba trabajo controlar la bicicleta con sus espasmos entre el miedo y la desesperación que tenía encima. No recuerdo si pitó algún coche, pero me sentía como un equilibrista sin brazos a punto de comerse el vacío (sin colchoneta, of course). SSM, en un intentó de ayudar desesperado, gritó: "Tío, ¿qué haces?". Todo parecía ir a acabar como en un libro de Stephen King, con la bicicleta entre las ruedas del coche y yo disperso en trozos por ahí mientras recogían mis zapatos y mis pantalones, vueltos del revés, de la carretera. También podría tener un final más rápido, decapitación instantánea con el quitamiedo, pero tendría que tener mucha agilidad para eso.

La cuestión es que, tal como vino, se fue, y conseguí frenar la bici, tirarla al suelo y apoyar mi culo en lo que diez segundos antes me había parecido un arma mortal. SSM se bajó también de la suya y vino hacia mi repitiendo, aunque ahora en pretérito perfecto: "Tío, ¿qué coño has hecho?". Me bebí mi agua y parte de la suya y no sé que aspecto tendría, pero mi corazón hacía un redoble tras otro y me costaba respirar.

Pasé miedo, pero eso no evitó que siguiéramos el camino como si nada, tardaríamos más en volver que en seguir, y ya en San Fernando veríamos si volvíamos en tren o en avión. No sé si lo de la idea del Pere fue premeditada, como di a entender antes, o surgió espontánea como escusa de dejar las bicis de lado un rato y descansar. Eran las dos o así de la tarde, el sol pegaba fortísimo y cuando llegamos a casa de Pere necesitábamos agua y ensaladilla. La comida fue muy agradable (Gracias, mamá de el Pere) y allí descansamos hasta que nos echaron a patadas al pillarnos robando de la caja fuerte... es broma. 

La cosa es que volvimos por el carril-bici de los cojones gracias a que nos lo mostró el Pere y llegamos sanitos y salvos a nuestros respectivos hogares bien entrada la tarde. Esta anécdota se ha contado mucho, bueno, yo la he contado mucho, no es que hayan ido por ahí discípulos míos predicándola, y puede que algunos la conozcáis, pero aún así dejadme un comentario, so siesos.

¡Gracias por leer!

J.R.R.G.

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Meada Asustada

por JRRG
viernes, 08 de febrero del 2008 a las 09:01

Bien, hoy os traigo una de terror, pero también hay que decir que esta historia, por ser demasiado actual, permanece aún incompleta.

Comienza con los éxamenes del primer cuatrimestre, sí, esos que aún estamos sufriendo o puede que acabemos de finalizar, cuando en el Rectorado, esa fábrica de tabaco tan rústica reconvertida a Universidad, todas las bibliotecas estaban como el camarote de Groucho y por los pasillos pasaban los estudiantes en bandada, buscando un rincón oscuro donde posar el cráneo cansado.

Pues bien, una tarde, no recuerdo cuál, fui con V.Woolf allí a estudiar, yo creo que tenía algunas clases, aunque no sé, la cosa es que, al ver que miles de murciélagos llenos de mala leche regurgitaban sus papelitos ocupando varios puestos en la biblioteca, nos fuimos a la otra, una escondida en la tercera planta de uno de los edificios de Geografía, para encontrarnos con hordas de lechuzas humanas con sobredosis de cafeína que no se moverían un milímetro para que tú te sentarás y les desconcentraras con tu presencia.

Así que, un tanto mosqueados, buscamos la única solución posible, la sala de lectura de la primera planta de Filología, un sitio cutre, ruidoso y frío donde, más o menos, había hueco. Nos sentamos, soltamos las cosas, nos abrigamos bien, e intentamos empezar a hacer algo.

Para abreviar diré que, al cabo de un rato, necesitaba ir al baño, así que me levanté, recorrí la extraña disposición de mesas allí colocadas y fui al servicio más cercano. Llegando vi salir a un tío de unos veintymuchos, con una frente enorme, resultado de una pronta calvicie, que se apoyaba en la pared y se ponía bien los cordones de los zapatos mientras me miraba al yo entrar. Colocándome frente a uno de los meaderos, recordé que aquel tío era el que no había parado de rondarme una tarde mientras yo esperaba a V.Woolf para irnos. Aquel día me asusté mucho, pero este que os cuento, sería peor.

No me había dado tiempo a nada cuando el tipo entra de nuevo en el servicio y se pone en el meadero de al lado, hace como que se la saca y mea, pero claro, aquello era imposible, acababa de hacerlo. Yo, comenzando a intranquilizarme, no fui capaz de nada más que de mirar al tío de reojo y descubrir que se estaba asomando, inclinado hacia mí, con un descaro enorme. Ahora, en frío, me arrepiento de no haberle meado la pierna, pero es que pude hacer otra cosa que recoger e irme rápidamente.

Volviendo a mi sitio, junto a V.Woolf, me entraron de nuevo ganas de mear y asesinar, había sido tonto por no decirle nada al mirón y se lo conté a ella. Se rió un poco asustada y me dijo que tuviera cuidado cuando, a los cinco minutos, decidí volver a ir a mear. Bien podría haber ido a otro cuarto de baño pero, ¿qué coño? Aquel estaba más cerca, así que, asustado y temeroso, viendo el pasillo vacío, fui con paso rápido al servicio.

De pequeño tuve gafas, de los cinco a los once años, miopía, y me las quitaron, pues con el desarrollo, el número había disminuido y era innecesario que las llevara. Bien, ahora es comunmente sabido que de lejos no veo del todo genial, así que, cuando descubrí una silueta apoyada en la pared al otro lado del pasillo, no pensé, o quise pensar,  que fuera el mismo tipo.

Entré en el baño y me metí en uno de los cagaderos, en el del medio de tres, cerré la puerta y justo cuando me disponía a mear, los huevos se me hicieron aceitunas al escuchar la puerta del servicio abrirse. Podría ser otro, pero... Abrieron la puerta del cagadero del al lado con fuerza, y al momento siguiente, tiraron de mi pomo un par de veces, empujando hacia dentro. Claro está, tenía el pestillo echado, y casi grité: "¡Está ocupado!".

Supongo que al oír esto, el tipo cejó en su intento de querer hacerme una visita y se fue. Tardé un rato en conseguir mear del todo y, después de una lenta sacudida, me dispuse a salir. Tenía miedo, lo reconozco, aunque sabía que no dudaría un momento en hostiarle si se me acercaba; no soy persona que se pelee, es más, siempre lo he evitado, pero esto era demasiado. Salí del cagadero y, mientras abandonaba el cuarto de baño a toda hostia, lo vi allí plantado, de espaldas a mí, haciendo como que meaba, mirándome fijamente.

Cabe decir que tuve miedo de ir a servicios públicos durante el resto de la semana, y que mi hicieron falta dos semanas de mear en casa para quitarme el susto. Jeje, exagero. La cosa es que, como decía al principio, esta historia está incompleta. La semana pasada lo vi un par de veces, paseando tranquílamente por los pasillos con otro tío, mirando a la gente y a mí de reojo. Y el lunes, creyendo tener clase, esperaba en la puerta del Aula Magna al resto de la gente, a las cinco de la tarde, todo desierto allí dentro, cuando veo una figurita acercándose lentamente. Como creo que es mi profesor me espero, hasta que lo descubro a él, a mi puto fan del cuarto de baño, con esa cara de (insulto omitido) viniendo hacia mí.

Sobra decir que salí casi por patas y que me alejé bien rápido del Rectorado.

En fin, hasta aquí esta historia, no sé si volveré a ella en algún momento para una secuela (espero que no) o si quedará todo en lo que espero terminé, una anécdota más.

¡Gracias por leer!

J.R.R.G.

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PUMUKI

por JRRG
miércoles, 06 de febrero del 2008 a las 10:54

SSM siempre lo ha dicho: "Es el diablo".

No sé si tanto como el diablo, pero desde luego intentábamos mantenernos lo más distantes de él por temor a sufrir su aburrimiento agresivo. Era un año mayor que nosotros, se llamaba Carlos, era hijo de una de las principales del APA (ahora AMPA) y su hermano había caído desde un tercer o cuarto piso y se había roto hasta las orejas; aunque sigue vivo y ahora es testigo de Jehová, o por lo menos lo era.

No siempre fue el Pumuki, pero el pelo rojo y la cara roja llena de pecas le hicieron ganar ese nombre con el tiempo por su similitud al dibujito animado. Y era un grandísmo cabrón. Mis más antiguos recuerdos están marcados por su reinado de terror en el Colegio La Inmaculada (Cortadura) y ahora os pondré alguno de sus grandes éxitos.

Empezamos mucho tiempo atrás, por el 98 o 99, salíamos al recreo y Pablo De la Varga, amigo por aquel entonces, corrió hacia él, contento de ser conocido suyo, con la intención de saludarlo. El Pumuki esperaba a que algo rozara su nariz para matarlo en medio de un campo de futbol, imposibilitando que nadie lo usase, cuando Pablo llegó hasta él, tropezó y cayó a sus pies. Yo estaba cerca, bastante cerca, y pensé que le ayudaría, pero ni se inmutó, lo miró, se rió y le metió el pie en la boca, llenándosela de tierra. Eso me impactó, tanto que aún lo tengo fresco en el coco.

Pasamos a tiempo después, o a ese mismo año, no recuerdo bien, un recreo (sí, todo ocurría a esa hora) en el que él y sus secuaces lincharon a Osca La Mosca, uno de su curso parecido a Steve Urkel que quería ser como ellos. Fue horrible ver como siete tíos se echaban encima de uno que huía de ellos. Lo hacían por diversión, no hubo sangre ni nada, pero La Mosca salió con las enormes gafas rotas y llorando. También volvió a joder a La Mosca con las gafas otro recreo, cuando se las quitó alegando querer verlas y, mientras las examinaba, le metió las patillas en los ojos, pasando a partirse el culo en el momento siguiente, sorprendido por su propia capacidad de improvisación. 

También se rió mucho una vez cuando, estando ambos en el colegio, nos pusimos a jugar a la pelota, yo estaba acojonado, imaginaros, no sabía con qué me iba a salir. Entonces me pidió que lo acompañara a la zona verde a buscar la pelota que él mismo había mandado allí de un balonazo, así que fui, tonto de mí, y allí me dijo, en la parte de las palmeritas: "Ponte así que quiero mirar una cosa". Y me situó de espaldas a una palmera que yo no vi. "¿Qué pasa?", recuerdo que le pregunté, pensando que algo iba a pasar, y justo entonces me empujó con fuerza y ahí fui yo, a caer hacia atrás sobre todas las ramas llenas de púas y rajándome tanto espalda como brazos. La camiseta se fue al carajo, por supuesto, y yo no pude hacer más que ir a buscar a mi madre, que andaba por el APA quejándose de algo.

Pasó el tiempo. Estaba yo en 3º de ESO, en el Instituto, cuando coincidió en mi clase, en la mesa de al lado debido al orden alfabético, y tuve suerte. Le caí bien, o yo qué sé, pero me trataba de otra manera, cordial y con bromas, no era persona de largas conversaciones pero bueno, por lo menos no se metía conmigo. Pero ni con nadie, ahora la tomaba con los profesores. Durante aquel año pasó a convertirse en Carlos, un cachondo comprensivo que hasta llegó a estudiar para algunas asignaturas. Se divertía clavando Pilots en el techo o lanzando bolas de papel ensalibadas a la pizarra. Una vez echó a un profesor de clase (a Joaquín el Huevón), éste le dijo que abandonara la clase y, todo sonriente, el Pumuki dijo que no, que hacía frío fuera. La discusión siguió hasta que el profesor se dio por vencido y dijo: "Me voy", y mientras recogía, el Pumuki se levantó y dijo: "Yo también", y se fue.

Sí, así fue la cosa. Luego lo largaron del instituto por pegarle a su ex-novia un guantazo y no volví a saber de él hasta cuatro años después, que sacando la basura una moto derrapó frente a mí con dos angangos encima y uno de ellos dijo: "A éste no". Y se fueron. Al mirarlos lo reconocí y me sentí aliviado. Me salvé.

A veces me lo cruzo por la calle y me saluda todo sonriente, así que, mientras siga recordando al largo aquel que empujó contra los pinchos de una palmera, estaré casi seguro.

¡Gracias por leer!

J.R.R.G.

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Ruizenbourgh

Aquí iré contando anécdotas y cosas que me vayan ocurriendo a lo largo de mi vida, será un poco como un diario aunque intentaré hacerlo lo más ameno posible.
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