Meada Asustada
Bien, hoy os traigo una de terror, pero también hay que decir que esta historia, por ser demasiado actual, permanece aún incompleta.
Comienza con los éxamenes del primer cuatrimestre, sí, esos que aún estamos sufriendo o puede que acabemos de finalizar, cuando en el Rectorado, esa fábrica de tabaco tan rústica reconvertida a Universidad, todas las bibliotecas estaban como el camarote de Groucho y por los pasillos pasaban los estudiantes en bandada, buscando un rincón oscuro donde posar el cráneo cansado.
Pues bien, una tarde, no recuerdo cuál, fui con V.Woolf allí a estudiar, yo creo que tenía algunas clases, aunque no sé, la cosa es que, al ver que miles de murciélagos llenos de mala leche regurgitaban sus papelitos ocupando varios puestos en la biblioteca, nos fuimos a la otra, una escondida en la tercera planta de uno de los edificios de Geografía, para encontrarnos con hordas de lechuzas humanas con sobredosis de cafeína que no se moverían un milímetro para que tú te sentarás y les desconcentraras con tu presencia.
Así que, un tanto mosqueados, buscamos la única solución posible, la sala de lectura de la primera planta de Filología, un sitio cutre, ruidoso y frío donde, más o menos, había hueco. Nos sentamos, soltamos las cosas, nos abrigamos bien, e intentamos empezar a hacer algo.
Para abreviar diré que, al cabo de un rato, necesitaba ir al baño, así que me levanté, recorrí la extraña disposición de mesas allí colocadas y fui al servicio más cercano. Llegando vi salir a un tío de unos veintymuchos, con una frente enorme, resultado de una pronta calvicie, que se apoyaba en la pared y se ponía bien los cordones de los zapatos mientras me miraba al yo entrar. Colocándome frente a uno de los meaderos, recordé que aquel tío era el que no había parado de rondarme una tarde mientras yo esperaba a V.Woolf para irnos. Aquel día me asusté mucho, pero este que os cuento, sería peor.
No me había dado tiempo a nada cuando el tipo entra de nuevo en el servicio y se pone en el meadero de al lado, hace como que se la saca y mea, pero claro, aquello era imposible, acababa de hacerlo. Yo, comenzando a intranquilizarme, no fui capaz de nada más que de mirar al tío de reojo y descubrir que se estaba asomando, inclinado hacia mí, con un descaro enorme. Ahora, en frío, me arrepiento de no haberle meado la pierna, pero es que pude hacer otra cosa que recoger e irme rápidamente.
Volviendo a mi sitio, junto a V.Woolf, me entraron de nuevo ganas de mear y asesinar, había sido tonto por no decirle nada al mirón y se lo conté a ella. Se rió un poco asustada y me dijo que tuviera cuidado cuando, a los cinco minutos, decidí volver a ir a mear. Bien podría haber ido a otro cuarto de baño pero, ¿qué coño? Aquel estaba más cerca, así que, asustado y temeroso, viendo el pasillo vacío, fui con paso rápido al servicio.
De pequeño tuve gafas, de los cinco a los once años, miopía, y me las quitaron, pues con el desarrollo, el número había disminuido y era innecesario que las llevara. Bien, ahora es comunmente sabido que de lejos no veo del todo genial, así que, cuando descubrí una silueta apoyada en la pared al otro lado del pasillo, no pensé, o quise pensar, que fuera el mismo tipo.
Entré en el baño y me metí en uno de los cagaderos, en el del medio de tres, cerré la puerta y justo cuando me disponía a mear, los huevos se me hicieron aceitunas al escuchar la puerta del servicio abrirse. Podría ser otro, pero... Abrieron la puerta del cagadero del al lado con fuerza, y al momento siguiente, tiraron de mi pomo un par de veces, empujando hacia dentro. Claro está, tenía el pestillo echado, y casi grité: "¡Está ocupado!".
Supongo que al oír esto, el tipo cejó en su intento de querer hacerme una visita y se fue. Tardé un rato en conseguir mear del todo y, después de una lenta sacudida, me dispuse a salir. Tenía miedo, lo reconozco, aunque sabía que no dudaría un momento en hostiarle si se me acercaba; no soy persona que se pelee, es más, siempre lo he evitado, pero esto era demasiado. Salí del cagadero y, mientras abandonaba el cuarto de baño a toda hostia, lo vi allí plantado, de espaldas a mí, haciendo como que meaba, mirándome fijamente.
Cabe decir que tuve miedo de ir a servicios públicos durante el resto de la semana, y que mi hicieron falta dos semanas de mear en casa para quitarme el susto. Jeje, exagero. La cosa es que, como decía al principio, esta historia está incompleta. La semana pasada lo vi un par de veces, paseando tranquílamente por los pasillos con otro tío, mirando a la gente y a mí de reojo. Y el lunes, creyendo tener clase, esperaba en la puerta del Aula Magna al resto de la gente, a las cinco de la tarde, todo desierto allí dentro, cuando veo una figurita acercándose lentamente. Como creo que es mi profesor me espero, hasta que lo descubro a él, a mi puto fan del cuarto de baño, con esa cara de (insulto omitido) viniendo hacia mí.
Sobra decir que salí casi por patas y que me alejé bien rápido del Rectorado.
En fin, hasta aquí esta historia, no sé si volveré a ella en algún momento para una secuela (espero que no) o si quedará todo en lo que espero terminé, una anécdota más.
¡Gracias por leer!
J.R.R.G.
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