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Chifón, el fachaskinheavybeatlemaníaco (1)

martes, 26 de febrero del 2008 a las 10:06
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Con el fin de preservar la identidad de la persona de la cual me dispongo a hablar, crearé un nombre en clave para referirme a ella, y después de mucho pensarlo, creo que el mejor nombre posible es Chifón. No significa nada y no se parece al nombre real de la persona, así que puedo sentirme seguro de que no me van denunciar, o por lo menos a patear el culo.

Chifón marcó una etapa importante de mi vida, desde los doce, trece, a los quince años, si llegó, y todo acabó de la manera más horrible... Con este artículo solo pretendo mostrar lo cabrón que fui en varios momentos en que no pude soportarlo más.

Todo comienza en una clase de Judo, un muchacho obesito de acento raro al que decían holandés (en lugar de Cordobés) y que se reía de manera estruendosa, enseñando los dientes y encogiendo toda la cara, que me saca conversación. Yo lo conocía de vista, del autobús del colegio y poco más, se me presentó y quiso ser mi amigo. Digo que fui un cabrón por aquella época y aún recuerdo la tarde en que, estando en Judo, me acerqué a Chifón y le dije, todo convencido de mi ingenio y gracia: "Ese de ahí dice que te pareces al Gordo Cabrón de Austin Powers". Ese de ahí era un chavalillo dos años menor que nosotros que al final de clase se llevó una guantá en to la cara por mi culpa y que se fue llorando diciendo que él no había dicho nada. Cuando esto ocurrió, el rostro de Chifón, rojo tomate enfurecido, se volvió hacía mi y dijo algo así como: "La mala zorra, por la espalda". Y sí, se refería a mí. Se alejó todo enfurecido y no volví a hablar con él hasta un tiempo después.

No sé cómo coño una cosa llevó a la otra que comenzamos a frecuentarnos, él, yo, y otro elemento digno de artículo del que ya hablaré en su momento, un vecino suyo, el Peluca. La cosa es que allí íbamos los tres, juntitos siempre, jugando a la play en casa de uno, jugando a la play en casa de otro, o jugando a la play en casa del tercero... bueno, en verano paseábamos por el Paseo Martítimo y en las noches nos dábamos una vueltecita que terminaba en McDonald's.

Todo esto está muy bien pero ahora viene lo bueno. La personalidad profunda de Chifón vendrá con la segunda parte de esto, ahora solo expondré alguno de sus grandes éxitos. Era fan del porno, el más fan que te puedas imaginar, le pedía las cintas a su vecino adulto, que se las pasaba de contrabando en carátulas de películas de Bruce Lee y cosas así. Se hacía pajas, vale, pero eso no era lo mejor. Muchas veces quedábamos con él a las siete e su casa y allí íbamos el Peluca y yo (sí, pasaba mucho tiempo en mi casa...) y llamábamos al piso, tardaba un poco y lo cogía, todo jadeante: "¿Sí?". "Nosotros", decíamos. "Me dejáis cinco minutos, tíos, que me la estoy cascando". ¡Toma ya! Por el puto telefonillo.

Su madre, una mujer de fuerte acento cordobés y muy agradable amiga de mi madre, nos invitó una tarde a merendar y abrió un paquete de Filipinos de nueve dándonos tres a cada uno. Nos tomamos el Cola-Cao y bajamos a la calle a comernos los Filipinos. Al llegar abajo, Chifón no tenía Filipinos y nos estaba exigiendo los nuestros pues, según él, les eran legítimos. Yo le di uno, el Peluca se lo arrojó, como si fuera un mono y se marchó enfadado.

Me encantaba su manera de servir la leche: colocaba dos (o tres) vasos en la encimera, juntitos, sacaba la leche del frigorífico y llenaba un vaso a la mitad, luego sin parar pasaba al siguiente e iba volviendo de uno a otro, como si fuera el barman más excelente del mundo poniendo chupitos en vasos de medio litro. Resultado, los pies mojados y la madre chillando.

También tenía una bonita filosofía, que supongo habrá cambiado, y ésta era que él no solo no sabía hacer la cama (manda cojones) sino que no le hacía falta, ¿por qué? Pues porque en su casa se la hacía su madre y que luego se la haría su esposa... Yo le pregunté que haría en la transición, y me dijo que no se iría de su casa hasta que no encontrara mujer. A la vista está que no ha hecho eso pues, por lo poco que se de él, ahora vive en Barcelona con su novia, lo que no tengo muy claro es quién hace la cama.

Sé que no es una entrada muy buena, pero es una presentación, la parte fuerte, la parte que me marcó profundamente mi adolescencia, viene luego, cuando comenzó a cambiar de ideología como de calzoncillos. 

Espero leáis la continuación.Laughing

¡Gracias por leer!

J.R.R.G.

El forense dijo que me faltó poco

miércoles, 13 de febrero del 2008 a las 10:22

Aquí va una anécdota de hará tres años (more or less) sobre la mañana en que casi morí

Hacía un día bonito, de los de "Me cago en la puta, ¡qué día más bonito!", y SSM y yo habíamos decidido la noche anterior irnos a dar un paseo con las bicis, pero no un paseo cualquiera, no, no, un paseo en condiciones, de los que cansan. Habíamos decidido ir en bici a San Fernando y hacer una visita al Pere.

Por aquel entonces sabíamos que había un carril-bici que hasta allí nos podría llevar por un camino de tierra, amplio y seguro, pero no teníamos ni idea de dónde estaba, así que, tras inflar bien las ruedas, cargar las botellitas de agua y colocar el destrozaculos, salimos de casa de SSM pedaleando. Creo que era verano, y el calor nos martirizaba los cogotes a traición, sudábamos más que una monja en la playa, y no encontrábamos el puñetero carril-bici. Por lo que, haciendo acopio de insensatez pubértica, nos decidimos a meternos en carretera (¡con dos pedazos de cojones!) viendo pasar a nuestra derecha, la playa de cortadura. 

Los coches iban a toda puta hostia e íbamos más que asustados por el arcen, temiendo amputarnos las piernas con el quitamiedo si nos acercábamos mucho y sabiéndonos en peligro si nos separábamos más y el espejo retrovisor de un coche nos hacía un bonito tatuaje en la espalda. Yo iba delante, SSM detrás, a poca distancia. No hablábamos, conscientes de que la habíamos jodido eligiendo aquel camino y que tendríamos que ir con pies de plomo hasta San Fernando. Por mi cabeza pasaba de todo con tal de explusar el miedo, e intenté, con cuidado, mirar el paisaje. 

La autopista era horrible vista desde fuera de un coche a ochenta kilómetros por hora, solo se veía el brillo del sol pasar de techo en techo deslumbrándonos y el sonido fugaz de las ruedas crujiendo a nuestro lado. Yo miré a mi izquierda, sobre los coches, y vi, a lo lejos, el sitio este raro, al que realmente se llega desde el carril-bici (imaginaos si estábamos lejos) donde hay dos edificios que son medias circunferencias blancas. No sé para qué era, ni me interesaba una mierda, pero solté la mano izquierda del manillar, me giré un poco y dije algo así como: "SSM, ¿has visto las tetas esas?" (aunque esto tiene que verificarlo SSM, no recuerdo bien).

Justo en ese momento, la rueda delantera de mi bici se movió como el cuello de una negra vacilona y todo empezó a tambalearse. Íbamos rápido, y me costaba trabajo controlar la bicicleta con sus espasmos entre el miedo y la desesperación que tenía encima. No recuerdo si pitó algún coche, pero me sentía como un equilibrista sin brazos a punto de comerse el vacío (sin colchoneta, of course). SSM, en un intentó de ayudar desesperado, gritó: "Tío, ¿qué haces?". Todo parecía ir a acabar como en un libro de Stephen King, con la bicicleta entre las ruedas del coche y yo disperso en trozos por ahí mientras recogían mis zapatos y mis pantalones, vueltos del revés, de la carretera. También podría tener un final más rápido, decapitación instantánea con el quitamiedo, pero tendría que tener mucha agilidad para eso.

La cuestión es que, tal como vino, se fue, y conseguí frenar la bici, tirarla al suelo y apoyar mi culo en lo que diez segundos antes me había parecido un arma mortal. SSM se bajó también de la suya y vino hacia mi repitiendo, aunque ahora en pretérito perfecto: "Tío, ¿qué coño has hecho?". Me bebí mi agua y parte de la suya y no sé que aspecto tendría, pero mi corazón hacía un redoble tras otro y me costaba respirar.

Pasé miedo, pero eso no evitó que siguiéramos el camino como si nada, tardaríamos más en volver que en seguir, y ya en San Fernando veríamos si volvíamos en tren o en avión. No sé si lo de la idea del Pere fue premeditada, como di a entender antes, o surgió espontánea como escusa de dejar las bicis de lado un rato y descansar. Eran las dos o así de la tarde, el sol pegaba fortísimo y cuando llegamos a casa de Pere necesitábamos agua y ensaladilla. La comida fue muy agradable (Gracias, mamá de el Pere) y allí descansamos hasta que nos echaron a patadas al pillarnos robando de la caja fuerte... es broma. 

La cosa es que volvimos por el carril-bici de los cojones gracias a que nos lo mostró el Pere y llegamos sanitos y salvos a nuestros respectivos hogares bien entrada la tarde. Esta anécdota se ha contado mucho, bueno, yo la he contado mucho, no es que hayan ido por ahí discípulos míos predicándola, y puede que algunos la conozcáis, pero aún así dejadme un comentario, so siesos.

¡Gracias por leer!

J.R.R.G.

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Meada Asustada

viernes, 08 de febrero del 2008 a las 09:01

Bien, hoy os traigo una de terror, pero también hay que decir que esta historia, por ser demasiado actual, permanece aún incompleta.

Comienza con los éxamenes del primer cuatrimestre, sí, esos que aún estamos sufriendo o puede que acabemos de finalizar, cuando en el Rectorado, esa fábrica de tabaco tan rústica reconvertida a Universidad, todas las bibliotecas estaban como el camarote de Groucho y por los pasillos pasaban los estudiantes en bandada, buscando un rincón oscuro donde posar el cráneo cansado.

Pues bien, una tarde, no recuerdo cuál, fui con V.Woolf allí a estudiar, yo creo que tenía algunas clases, aunque no sé, la cosa es que, al ver que miles de murciélagos llenos de mala leche regurgitaban sus papelitos ocupando varios puestos en la biblioteca, nos fuimos a la otra, una escondida en la tercera planta de uno de los edificios de Geografía, para encontrarnos con hordas de lechuzas humanas con sobredosis de cafeína que no se moverían un milímetro para que tú te sentarás y les desconcentraras con tu presencia.

Así que, un tanto mosqueados, buscamos la única solución posible, la sala de lectura de la primera planta de Filología, un sitio cutre, ruidoso y frío donde, más o menos, había hueco. Nos sentamos, soltamos las cosas, nos abrigamos bien, e intentamos empezar a hacer algo.

Para abreviar diré que, al cabo de un rato, necesitaba ir al baño, así que me levanté, recorrí la extraña disposición de mesas allí colocadas y fui al servicio más cercano. Llegando vi salir a un tío de unos veintymuchos, con una frente enorme, resultado de una pronta calvicie, que se apoyaba en la pared y se ponía bien los cordones de los zapatos mientras me miraba al yo entrar. Colocándome frente a uno de los meaderos, recordé que aquel tío era el que no había parado de rondarme una tarde mientras yo esperaba a V.Woolf para irnos. Aquel día me asusté mucho, pero este que os cuento, sería peor.

No me había dado tiempo a nada cuando el tipo entra de nuevo en el servicio y se pone en el meadero de al lado, hace como que se la saca y mea, pero claro, aquello era imposible, acababa de hacerlo. Yo, comenzando a intranquilizarme, no fui capaz de nada más que de mirar al tío de reojo y descubrir que se estaba asomando, inclinado hacia mí, con un descaro enorme. Ahora, en frío, me arrepiento de no haberle meado la pierna, pero es que pude hacer otra cosa que recoger e irme rápidamente.

Volviendo a mi sitio, junto a V.Woolf, me entraron de nuevo ganas de mear y asesinar, había sido tonto por no decirle nada al mirón y se lo conté a ella. Se rió un poco asustada y me dijo que tuviera cuidado cuando, a los cinco minutos, decidí volver a ir a mear. Bien podría haber ido a otro cuarto de baño pero, ¿qué coño? Aquel estaba más cerca, así que, asustado y temeroso, viendo el pasillo vacío, fui con paso rápido al servicio.

De pequeño tuve gafas, de los cinco a los once años, miopía, y me las quitaron, pues con el desarrollo, el número había disminuido y era innecesario que las llevara. Bien, ahora es comunmente sabido que de lejos no veo del todo genial, así que, cuando descubrí una silueta apoyada en la pared al otro lado del pasillo, no pensé, o quise pensar,  que fuera el mismo tipo.

Entré en el baño y me metí en uno de los cagaderos, en el del medio de tres, cerré la puerta y justo cuando me disponía a mear, los huevos se me hicieron aceitunas al escuchar la puerta del servicio abrirse. Podría ser otro, pero... Abrieron la puerta del cagadero del al lado con fuerza, y al momento siguiente, tiraron de mi pomo un par de veces, empujando hacia dentro. Claro está, tenía el pestillo echado, y casi grité: "¡Está ocupado!".

Supongo que al oír esto, el tipo cejó en su intento de querer hacerme una visita y se fue. Tardé un rato en conseguir mear del todo y, después de una lenta sacudida, me dispuse a salir. Tenía miedo, lo reconozco, aunque sabía que no dudaría un momento en hostiarle si se me acercaba; no soy persona que se pelee, es más, siempre lo he evitado, pero esto era demasiado. Salí del cagadero y, mientras abandonaba el cuarto de baño a toda hostia, lo vi allí plantado, de espaldas a mí, haciendo como que meaba, mirándome fijamente.

Cabe decir que tuve miedo de ir a servicios públicos durante el resto de la semana, y que mi hicieron falta dos semanas de mear en casa para quitarme el susto. Jeje, exagero. La cosa es que, como decía al principio, esta historia está incompleta. La semana pasada lo vi un par de veces, paseando tranquílamente por los pasillos con otro tío, mirando a la gente y a mí de reojo. Y el lunes, creyendo tener clase, esperaba en la puerta del Aula Magna al resto de la gente, a las cinco de la tarde, todo desierto allí dentro, cuando veo una figurita acercándose lentamente. Como creo que es mi profesor me espero, hasta que lo descubro a él, a mi puto fan del cuarto de baño, con esa cara de (insulto omitido) viniendo hacia mí.

Sobra decir que salí casi por patas y que me alejé bien rápido del Rectorado.

En fin, hasta aquí esta historia, no sé si volveré a ella en algún momento para una secuela (espero que no) o si quedará todo en lo que espero terminé, una anécdota más.

¡Gracias por leer!

J.R.R.G.

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PUMUKI

miércoles, 06 de febrero del 2008 a las 10:54

PUMUKI

SSM siempre lo ha dicho: "Es el diablo".

No sé si tanto como el diablo, pero desde luego intentábamos mantenernos lo más distantes de él por temor a sufrir su aburrimiento agresivo. Era un año mayor que nosotros, se llamaba Carlos, era hijo de una de las principales del APA (ahora AMPA) y su hermano había caído desde un tercer o cuarto piso y se había roto hasta las orejas; aunque sigue vivo y ahora es testigo de Jehová, o por lo menos lo era.

No siempre fue el Pumuki, pero el pelo rojo y la cara roja llena de pecas le hicieron ganar ese nombre con el tiempo por su similitud al dibujito animado. Y era un grandísmo cabrón. Mis más antiguos recuerdos están marcados por su reinado de terror en el Colegio La Inmaculada (Cortadura) y ahora os pondré alguno de sus grandes éxitos.

Empezamos mucho tiempo atrás, por el 98 o 99, salíamos al recreo y Pablo De la Varga, amigo por aquel entonces, corrió hacia él, contento de ser conocido suyo, con la intención de saludarlo. El Pumuki esperaba a que algo rozara su nariz para matarlo en medio de un campo de futbol, imposibilitando que nadie lo usase, cuando Pablo llegó hasta él, tropezó y cayó a sus pies. Yo estaba cerca, bastante cerca, y pensé que le ayudaría, pero ni se inmutó, lo miró, se rió y le metió el pie en la boca, llenándosela de tierra. Eso me impactó, tanto que aún lo tengo fresco en el coco.

Pasamos a tiempo después, o a ese mismo año, no recuerdo bien, un recreo (sí, todo ocurría a esa hora) en el que él y sus secuaces lincharon a Osca La Mosca, uno de su curso parecido a Steve Urkel que quería ser como ellos. Fue horrible ver como siete tíos se echaban encima de uno que huía de ellos. Lo hacían por diversión, no hubo sangre ni nada, pero La Mosca salió con las enormes gafas rotas y llorando. También volvió a joder a La Mosca con las gafas otro recreo, cuando se las quitó alegando querer verlas y, mientras las examinaba, le metió las patillas en los ojos, pasando a partirse el culo en el momento siguiente, sorprendido por su propia capacidad de improvisación. 

También se rió mucho una vez cuando, estando ambos en el colegio, nos pusimos a jugar a la pelota, yo estaba acojonado, imaginaros, no sabía con qué me iba a salir. Entonces me pidió que lo acompañara a la zona verde a buscar la pelota que él mismo había mandado allí de un balonazo, así que fui, tonto de mí, y allí me dijo, en la parte de las palmeritas: "Ponte así que quiero mirar una cosa". Y me situó de espaldas a una palmera que yo no vi. "¿Qué pasa?", recuerdo que le pregunté, pensando que algo iba a pasar, y justo entonces me empujó con fuerza y ahí fui yo, a caer hacia atrás sobre todas las ramas llenas de púas y rajándome tanto espalda como brazos. La camiseta se fue al carajo, por supuesto, y yo no pude hacer más que ir a buscar a mi madre, que andaba por el APA quejándose de algo.

Pasó el tiempo. Estaba yo en 3º de ESO, en el Instituto, cuando coincidió en mi clase, en la mesa de al lado debido al orden alfabético, y tuve suerte. Le caí bien, o yo qué sé, pero me trataba de otra manera, cordial y con bromas, no era persona de largas conversaciones pero bueno, por lo menos no se metía conmigo. Pero ni con nadie, ahora la tomaba con los profesores. Durante aquel año pasó a convertirse en Carlos, un cachondo comprensivo que hasta llegó a estudiar para algunas asignaturas. Se divertía clavando Pilots en el techo o lanzando bolas de papel ensalibadas a la pizarra. Una vez echó a un profesor de clase (a Joaquín el Huevón), éste le dijo que abandonara la clase y, todo sonriente, el Pumuki dijo que no, que hacía frío fuera. La discusión siguió hasta que el profesor se dio por vencido y dijo: "Me voy", y mientras recogía, el Pumuki se levantó y dijo: "Yo también", y se fue.

Sí, así fue la cosa. Luego lo largaron del instituto por pegarle a su ex-novia un guantazo y no volví a saber de él hasta cuatro años después, que sacando la basura una moto derrapó frente a mí con dos angangos encima y uno de ellos dijo: "A éste no". Y se fueron. Al mirarlos lo reconocí y me sentí aliviado. Me salvé.

A veces me lo cruzo por la calle y me saluda todo sonriente, así que, mientras siga recordando al largo aquel que empujó contra los pinchos de una palmera, estaré casi seguro.

¡Gracias por leer!

J.R.R.G.

Accidente en la habitación nº ¿??

martes, 05 de febrero del 2008 a las 11:22

ME dispongo, para dar comienzo a este blog, a contaros una anécdota más bien cercana, de ayer noche mismo para no ir más lejos, ocurrida entre las once y cuarto y las once y media, en la habitación ¿?? de los Bermejales. 

Estábamos Kenneth, Erestor Felalas y yo en dicha habitación ¿?? haciendo el tonto, casi despidiéndonos ya para irnos cada uno a nuestros respectivos cuartos a dormir o lo que fuera, cuando, de repente, se nos infló la vena imbécil y comenzamos a pegarnos, empujarnos, atrancar a Kenneth contra la pared ayudándonos de una silla, etc. Bueno, pues en un arrebato de intimidad, Kenneth hizo como que se encerraba en el cuarto de baño, solo que lo encerramos nosotros de verdad. 

Para resumir diremos que, mientras Erestor sujetaba la puerta, yo buscaba las llaves del cuarto con el fin de salirnos y encerrarlo desde fuera (pollada inmensa pues se puede abrir desde dentro). Buscaba entre los miles de planos y bolígrafos que había por allí extendidos y no las encontraba, intentaba darle conversación estúpida a Kenneth hasta que éste se coscó de lo que estábamos haciendo y dio un empujón repentino a la puerta, asustándonos y mandando a Erestor al estadio del Betis de ida y vuelta, solo que la vuelta fue un poco brusca.

Lo siguiente que escuchamos fueron los gritos desesperados de Kenneth desde el interior del cuarto de baño, golpeando en la puerta y chillándonos para que abriéramos. En ese momento se nos pasó de todo por la cabeza, desde que se había caído y roto algún hueso, a que le habíamos amputado un dedo con la puerta al cerrarla, no sabíamos. Abrimos acojonados y ahí salió Kenneth, medio riéndose y diciendo: "Mierda, mierda...  Enciende la luz de aquí". Se oía agua, y eso vimos cuando encendimos la luz del cuarto de baño, agua saliendo a borbotones del váter roto e inhundando todo el suelo a bastante velocidad.

 

Nos reímos más o menos y, ante la preocupación de Kenneth, le aseguramos que apoquinaríamos lo que hiciera falta si le hacían pagar. Erestor fue rápido y dijo que cerráramos la llave de paso mientras él iba a por una fregona. Así hicimos, o hizo Kenneth, y, mientras echábamos el agua que inhundaba el suelo del baño a la placa de ducha con un recogedor, JP llegó, se asomó y no pudo decir otra cosa que: "¡Que peazo majá has echao!, ¿no?"

Todo se limpió, se recogió en buena manera y colocamos el cubo de la fregona bajo la gotera número 1; Erestor luego se encargó de, con el recogedor y un taper, dirigir el agua de las goteras 2 y 3 hasta la placa de ducha, toda una obra de arte que evitó un desastre mayor a largo plazo.

Kenneth, dudando entre ir o no ir a decirlo en ese momento, nos echó de su cuarto de buena manera y decidió ir por la mañana. Todo estaba pensado. Por la mañana se ducharía, se secaría, vestiría y, haciéndose el asustado-mosqueado iría a recepción a contar cómo había tropezado al salir de la ducha y caído sobre el váter.

Así lo hizo, y lo último que sé es que, después de desayunar, saliendo del comedor, vio la furgoneta de mantenimiento acercándose a su cuarto y decidió, valientemente, refugiarse en el mío una media horita. Realmente no sé cómo acaba esta historia, no sé si tendré que pagar, junto con los otros dos, los daños o si todo se solucionará gracias a la buena actuación de Kenneth.

¡Gracias por leer!

J.R.R.G.

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Ruizenbourgh

Aquí iré contando anécdotas y cosas que me vayan ocurriendo a lo largo de mi vida, será un poco como un diario aunque intentaré hacerlo lo más ameno posible.
¡Que disfrutéis!Foot in mouth

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