PUMUKI
SSM siempre lo ha dicho: "Es el diablo".
No sé si tanto como el diablo, pero desde luego intentábamos mantenernos lo más distantes de él por temor a sufrir su aburrimiento agresivo. Era un año mayor que nosotros, se llamaba Carlos, era hijo de una de las principales del APA (ahora AMPA) y su hermano había caído desde un tercer o cuarto piso y se había roto hasta las orejas; aunque sigue vivo y ahora es testigo de Jehová, o por lo menos lo era.
No siempre fue el Pumuki, pero el pelo rojo y la cara roja llena de pecas le hicieron ganar ese nombre con el tiempo por su similitud al dibujito animado. Y era un grandísmo cabrón. Mis más antiguos recuerdos están marcados por su reinado de terror en el Colegio La Inmaculada (Cortadura) y ahora os pondré alguno de sus grandes éxitos.
Empezamos mucho tiempo atrás, por el 98 o 99, salíamos al recreo y Pablo De la Varga, amigo por aquel entonces, corrió hacia él, contento de ser conocido suyo, con la intención de saludarlo. El Pumuki esperaba a que algo rozara su nariz para matarlo en medio de un campo de futbol, imposibilitando que nadie lo usase, cuando Pablo llegó hasta él, tropezó y cayó a sus pies. Yo estaba cerca, bastante cerca, y pensé que le ayudaría, pero ni se inmutó, lo miró, se rió y le metió el pie en la boca, llenándosela de tierra. Eso me impactó, tanto que aún lo tengo fresco en el coco.
Pasamos a tiempo después, o a ese mismo año, no recuerdo bien, un recreo (sí, todo ocurría a esa hora) en el que él y sus secuaces lincharon a Osca La Mosca, uno de su curso parecido a Steve Urkel que quería ser como ellos. Fue horrible ver como siete tíos se echaban encima de uno que huía de ellos. Lo hacían por diversión, no hubo sangre ni nada, pero La Mosca salió con las enormes gafas rotas y llorando. También volvió a joder a La Mosca con las gafas otro recreo, cuando se las quitó alegando querer verlas y, mientras las examinaba, le metió las patillas en los ojos, pasando a partirse el culo en el momento siguiente, sorprendido por su propia capacidad de improvisación.
También se rió mucho una vez cuando, estando ambos en el colegio, nos pusimos a jugar a la pelota, yo estaba acojonado, imaginaros, no sabía con qué me iba a salir. Entonces me pidió que lo acompañara a la zona verde a buscar la pelota que él mismo había mandado allí de un balonazo, así que fui, tonto de mí, y allí me dijo, en la parte de las palmeritas: "Ponte así que quiero mirar una cosa". Y me situó de espaldas a una palmera que yo no vi. "¿Qué pasa?", recuerdo que le pregunté, pensando que algo iba a pasar, y justo entonces me empujó con fuerza y ahí fui yo, a caer hacia atrás sobre todas las ramas llenas de púas y rajándome tanto espalda como brazos. La camiseta se fue al carajo, por supuesto, y yo no pude hacer más que ir a buscar a mi madre, que andaba por el APA quejándose de algo.
Pasó el tiempo. Estaba yo en 3º de ESO, en el Instituto, cuando coincidió en mi clase, en la mesa de al lado debido al orden alfabético, y tuve suerte. Le caí bien, o yo qué sé, pero me trataba de otra manera, cordial y con bromas, no era persona de largas conversaciones pero bueno, por lo menos no se metía conmigo. Pero ni con nadie, ahora la tomaba con los profesores. Durante aquel año pasó a convertirse en Carlos, un cachondo comprensivo que hasta llegó a estudiar para algunas asignaturas. Se divertía clavando Pilots en el techo o lanzando bolas de papel ensalibadas a la pizarra. Una vez echó a un profesor de clase (a Joaquín el Huevón), éste le dijo que abandonara la clase y, todo sonriente, el Pumuki dijo que no, que hacía frío fuera. La discusión siguió hasta que el profesor se dio por vencido y dijo: "Me voy", y mientras recogía, el Pumuki se levantó y dijo: "Yo también", y se fue.
Sí, así fue la cosa. Luego lo largaron del instituto por pegarle a su ex-novia un guantazo y no volví a saber de él hasta cuatro años después, que sacando la basura una moto derrapó frente a mí con dos angangos encima y uno de ellos dijo: "A éste no". Y se fueron. Al mirarlos lo reconocí y me sentí aliviado. Me salvé.
A veces me lo cruzo por la calle y me saluda todo sonriente, así que, mientras siga recordando al largo aquel que empujó contra los pinchos de una palmera, estaré casi seguro.
¡Gracias por leer!
J.R.R.G.

